“…que sus Altezas puedan labrar e tener la fortaleza de Adra e otras qualesquier fortalezas e torres en la costa de la mar, donde quisieren o por bien tovieren. E que si sus Altezas quisieren labrar la dicha fortaleza de Adra junto con el agua en el puerto,(…) quede para el dicho rey Muley Boabdil después de reparada e fortalecida, que sus altezas quisieren labrar en el puerto a par de agua”.
A golpe de decreto regio se produjo el nacimiento de la Adra contemporánea, tal como la conocemos ahora, acontecimiento que marcará un antes y un después, o mejor dicho, el “después” definitivo, pues no hay que olvidar que Adra viene de Abdera, la colonia que fundaran los intrépidos navegantes fenicios en el Cerro de Montecristo y que, por avatares de la Historia, cambiara el epicentro de su ubicación original.
La naturaleza de sus gentes converge hoy con el legado de su industria más rentable, el azúcar.